19 de febrero de 2017

El abuelo

Osvaldo se llamaba mi abuelo paterno. No conozco mucho sobre su vida pero si tengo los recuerdos que me quedaron de él en mi niñez cuando venia a vernos o íbamos a visitarlo. Hoy mi habitación es la que solía ser su habitación en aquellas épocas que venia a quedarse los fin de semana para ver a sus nietos. De alguna manera lo recuerdo siempre solitario en sus últimos años de su vida. Viudo, viviendo en una pieza dentro de un gran galpón en el barrio de la Boca toda su aura transmitía añoranzas de tiempos que yo no conocía. Suelo extrañar el aroma característico que lo envolvía, una extraña alquimia entre hojas de libros viejos, paredes con humedad y antiguos muebles de madera, cual whisky añejado sobre el aparador. Fueron muchos años después que comprendí lo que sentía por él cuando era niño y sentía sin comprender. Tenia lastima de verlo tan alejado de todo, viviendo solo en una ciudad que rememora en su fisonomía a viejas épocas y hace de la nostalgia del recuerdo una cultura en blanco y negro. Él era algo huraño pero no carente de afecto, al contrario siempre algún dulce o moneda o billete te regalaba a escondidas como cualquier abuelo.
Y tras esa imagen de hombre sabio y pensador relucía una sonrisa mientras miraba a sus nietos crecer. Algo de lastima me da pensar que se sentaba en la vereda a ver pasar los días escuchando en la radio quizás algún partido de gimnasia y esgrima de la Plata. Pero a la vez estoy seguro que él estaba conforme con eso y era esa simpleza su felicidad. Como aquel que siente que ya cumplió con sus metas y solo se acomoda a disfrutar el paisaje. Esperando tal vez el ocaso en una tarde de otoño. 
 

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