10 de marzo de 2015

Quemar Etapas.


Hace diez años atrás en el fulgor de una adolescencia avasalladora vivía una etapa de cambios y crisis constante con mi alrededor, en el florecer de las relaciones humanas más entrañables donde la psiquis y la personalidad se forjan para denotar la consistencia de un ser que busca revelarse y mostrarse ante el mundo. El mundo que es simplemente la burbuja en donde uno está metido. Ahí, en esa tormenta uno recorría dolores, ansiedades, desesperaciones y una búsqueda constante por la aceptación de los demás. Con los años, la continuidad de eventos alegóricos, desafortunados, viscerales o simplemente pasajeros solidifican la condición personal de nuestro ser. El dramatismo característico de las primeras experiencias con las responsabilidades sociales desaparece o en otras palabras, todo te chupa más un huevo.
A pesar de ello creo que las crisis son cíclicas en la cotidianeidad de la vida. Sin embargo sigo sin poder contemplar si el cambio genera crisis o si las crisis generan cambio. A veces, creo yo, se retroalimentan mutuamente lo que las transforma en una espiral que permanece en el tiempo.
En aquellos años sucumbir ante las adversidades solía configurar todo un ritual de mortificación y agonía autoinflingida el cual también podía ser modificado rápidamente dependiendo del apoyo que recibías de las personas a tu alrededor. Con el pasar de los años uno se va dando cuenta que el tiempo que tenemos se nos vuelve más corto y que nuestro ritual agonizante se convirtió en escuchar media hora canciones deprimentes un domingo antes de dormir para después volver a zambullirnos en la rutina semanal de tareas cronometradas y pensamientos mecanizados.
Todo ello también podría cavar hondo  en algunas personas y llevarlas a extremos mucho más peligrosos que aquellos con los que jugueteábamos en nuestras frustrantes adolescencias pero nosotros tampoco somos ese tipo de personas. Nosotros somos y seguiremos siendo eternos buscadores de la superación propia. La autosuperación que en mi caso muy pocas veces logré es en sí una de las piedras más pesadas de arrastrar. Y es en este punto donde surgen las miles de preguntas a las que no podemos dar respuesta.  Y es en este punto en el que mis experiencias se interponen en lo que escribo y me veo recomenzar de cero como hace 10 años atrás. Volviendo a levantarme ante la caída estrepitosa, volviéndome a decirme las mismas palabras que repito cuando ni la luna, ni el sol, ni las estrellas puedan acompañar mi oscuridad. Saber perfectamente donde estas parado no te quita la sensación de estar perdido en una inmensidad de infinitas palabras que no dicen nada. Y de actos que no expresan lo que pensamos. El dilema de esta renovada etapa oscura es el hecho de no poder ver mas allá de las posibilidades porque nuestra racionalidad fue limitada y adiestrada para contraapelar y enfrentar nuestros impedimentos con acciones básicas y preestablecidas.
Pero es el hecho de tocar el fondo lo que nos impulsa nuevamente a la superficie, no hay murallas imposibles de derrumbar, si no fuera así no te encontrarías hoy aquí. Y el arma que siempre renueva la esperanza, la semilla de todas las cosechas pasadas, presentes y futuras es el AMOR.
El Amor que no tiene explicación ni lógica, ni razón, ni sentido, ni formato, ni forma y que se nos presenta ante nosotros de miles de formas distintas y que muchas veces buscamos desesperadamente.
El amor que miles de veces me levantó en el pasado y que hoy se desvanece o se diluye cuando me acerco a él pero que igualmente sigue reapareciendo para hacernos dar un paso más.
Motor del crecimiento. Remedio del alma.
Hoy el recuerdo de haberme regalado los momentos más lindos de la vida son el empujón invisible que mueve los engranajes de mi voluntad de seguir otra vez.
Porque no hay destinos predeterminados y no hay tristezas tan grandes que nos puedan detener de sonreír aunque sea un día más...


Paul.

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